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La piel es un órgano, y como el resto del cuerpo humano, empieza a envejecer a medida que pasan los años. Aunque es un proceso irreversible, en la dermocosmética se encuentran diferentes alternativas para suavizar síntomas como sequedad, fragilidad, arrugas y manchas.

Los productos de dermofarmacia pueden ayudar a la piel a lucir un aspecto más joven y saludable, y en general se recomienda comenzar a utilizar productos faciales antiedad a partir de los cuarenta años para lograr una verdadera desaceleración del proceso de envejecimiento.

La piel es el órgano que recubre la totalidad de nuestra superficie corporal, es el más extenso y supone aproximadamente un 6% del peso total del individuo. Además de envolver a nuestro organismo, la piel desempeña múltiples funciones, entre otras, actúa como barrera protectora, regula la temperatura corporal y es la receptora de las sensaciones de tacto, dolor y presión.

La piel tiene 3 capas bien diferenciadas: epidermis (la más superficial), dermis (la media) e hipodermis (la más profunda, conocida también como tejido subcutáneo). La epidermis es muy fina, siendo más compleja y más gruesa en la planta del pie y en la palma de las manos, donde en algunos casos puede alcanzar un espesor de hasta 1,5 milímetros. Está constituida por varias capas superpuestas que contienen queratina y melanocitos. No posee vasos sanguíneos.

La dermis está constituida por un entramado de tejido conjuntivo, fibras de colágeno y células de tejido conectivo. Contiene, además, vasos sanguíneos y linfáticos, folículos pilosos, terminaciones nerviosas y glándulas sebáceas y sudoríparas.

La hipodermis está formada por una capa variable de tejido adiposo dispuesto en lóbulos y separado por haces de fibras colágenas y elásticas. Este tejido adiposo tiene además, entre otras, una función de aislamiento frente a la pérdida de calor.

El paso del tiempo

Resulta imposible escapar al envejecimiento de la piel, pero es mayor o menor dependiendo de un conjunto de factores. Nuestra propia genética es fundamental, aunque situaciones de estrés, de excesiva exposición al sol o la contaminación y los cambios bruscos de temperatura, entre otros, aceleran el proceso.

Con el paso de los años, la capa externa de la piel adelgaza hasta un 15%. La cantidad de melanocitos disminuye y los que quedan, aumentan de tamaño fabricando melanina de forma irregular, por lo que pueden aparecer manchas pigmentadas en las áreas expuestas al sol. El tejido conectivo sufre importantes cambios, que disminuyen la resistencia y elasticidad de la piel. Los capilares sanguíneos de la dermis se dilatan y se vuelven más frágiles, dando como resultado telangiectasias o arañas vasculares y equimosis. La capa de grasa subcutánea que facilita el aislamiento también adelgaza, reduciéndose así su capacidad para mantener la temperatura corporal.

También la secreción de las glándulas sebáceas y sudoríparas disminuye con la edad. La falta de sebo afecta de manera especial a las mujeres a partir de la menopausia, causando gran sequedad de la piel y prurito. Como las glándulas sudoríparas producen menos sudor, las personas mayores cuando se enfrentan a altas temperaturas tienen un riesgo mayor de hipertermia o de insolación.

Por todos estos factores, las alteraciones de la piel, tanto las malignas como las benignas, se hacen más frecuentes a medida que envejecemos. Los efectos del sol, uno de los grandes enemigos de nuestra piel, tal como recuerdan a menudo los dermatólogos, son acumulativos.

Si somos bien conscientes de ello, la flacidez, las arrugas y demás manifestaciones del paso del tiempo sobre el aspecto de la piel (manchas, elastosis solar…) se pueden evitar, o retrasar, limitando la exposición al sol sin la debida protección y, a partir de una cierta edad, recurriendo a unos cuidados cosméticos especialmente concebidos para ello.

La limpieza facial, fundamental

Una de las claves para lucir una piel bonita es la correcta limpieza de la misma. Una buena limpieza facial consigue, mediante procedimientos no agresivos, mejorar el aspecto del cutis. Y no se trata únicamente de su apariencia, puesto que cualquier tratamiento farmacológico o cosmético ulterior solamente es 100% eficaz si la piel está completamente libre de impurezas.

Para realizar una correcta limpieza de la piel es fundamental eliminar tanto los residuos propios de la piel (células muertas, grasa o sudor) como los externos (polvo, polución ambiental, restos de maquillaje). Se trata de una operación que se debería efectuar a diario, independientemente del uso o no de maquillaje.

Limpiar de forma adecuada la piel del rostro es fundamental para conseguir que se mantenga en buen estado, ya que para ello es básico que respire correctamente. La contaminación, el polvo, el estrés o los cambios hormonales son sus enemigos principales, y la limpieza diaria es la mejor manera de tener bajo control estos efectos adversos. La constancia en el tratamiento conseguirá que la parte estética mejore sensiblemente al eliminar comedones y pequeños granitos. Los beneficios serán claramente visibles y la piel se presentará más tersa, luminosa y suave.

A la hora de elegir un producto determinado es importante conocer el tipo y características de la piel sobre la que van a aplicarse. Los productos destinados a la limpieza del rostro deben, además de ser afines con la piel a tratar, no tener efectos irritantes ni sensibilizantes y ser capaces de mantener intacta la capa lipídica de la piel. (...)

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